CRÍTICA: 'THE SWELL SEASON'
FALLING SLOWLY
Parece el título de la canción que les valió el Oscar un
preludio de lo que iba a ocurrir con sus vidas. Pongámonos en situación: Glen Hansard y Marketa Irglova,
pareja musical y sentimental, decidieron utilizar sus canciones como elemento estructural
de una película, cómo no, musical. La pequeña producción ganó bastante fama en
su Irlanda original, la crítica la recibió con entusiasmo y, llegada la
ceremonia de los Oscar, dio el campanazo con la estatuilla a la mejor canción
original. A partir de ahí, todo subió como la espuma: una gira interminable por
medio mundo, difusión de la película (casi alcanza el estatus de culto debido a
la pobreza de medios) y sobre todo de la banda sonora. Los protagonistas, ojo
avizor al fenómeno, tuvieron la idea de rodar un documental con su aventura
desde que recibieron la nominación al Oscar hasta un final incierto.
Como
documental, The Swell Season no
inventa nada, y tampoco aporta nada al género. Es quizás lo único reprochable
que tiene como película. La historia tampoco es demasiado grande, demasiado
comercial, demasiado interesante, pero tampoco lo era esa crónica del (des)amor
que era Once. Con todo, es bonita.
Se nota que los protagonistas, no actores, músicos, se abren y desnudan ante la cámara, en especial Glen Hansard. Poco a poco el espectador entra en las vidas de Hansard y Marketa Irglova, se reconoce en ellos como cualquier pareja de enamorados. Poco a poco es testigo de lo difícil que resulta dejar atrás una vida ordinaria y convertirse en ejemplo a seguir de tantas personas (impagable la escena donde relatan cuando se les acerca un tipo que se había tatuado el discurso que dieron en los Oscar). La fama cuesta.
Se nota que los protagonistas, no actores, músicos, se abren y desnudan ante la cámara, en especial Glen Hansard. Poco a poco el espectador entra en las vidas de Hansard y Marketa Irglova, se reconoce en ellos como cualquier pareja de enamorados. Poco a poco es testigo de lo difícil que resulta dejar atrás una vida ordinaria y convertirse en ejemplo a seguir de tantas personas (impagable la escena donde relatan cuando se les acerca un tipo que se había tatuado el discurso que dieron en los Oscar). La fama cuesta.
Los
directores (los debutantes Nick August-Perna y Chris Dapkins) han imprimido a la película una nostalgia nada impostada gracias al flujo natural de los acontecimientos, la persistencia de momentos íntimos y
un blanco y negro que parece formar parte de las vidas de los músicos. La
música es buena, cómo no, la nostalgia dulce, la película funciona. Y sin
embargo. Y sin embargo, le falta la chispa que hacía a Once totalmente
imprescindible, la historia de dos personas necesitadas que debían encontrarse
para sobrevivir, por amargo que fuera el desenlace.
Y
sin embargo, cabe preguntarse qué habría sido de este proyecto si el amor
hubiera triunfado en última instancia, si tanta celebridad no les hubiera
sobrepasado. Porque The Swell Season pretendía
capturar el momento más dulce, y esa historia del éxito repentino se transforma
en la crónica de un fracaso humano.


Comentarios
Publicar un comentario
"LOS COMENTARIOS ESTÁN SUJETOS A MODERACIÓN. POR FAVOR, EVITA EN CUALQUIER CASO LOS INSULTOS, COMENTARIOS FUERA DE TONO O CONTEXTO, OFENSIVOS, PROVOCADORES Y MERAMENTE PROMOCIONALES O SPAM. RESPETA LA OPINIÓN DEL AUTOR DEL ARTÍCULO O LA CRÍTICA, ASÍ COMO LOS COMENTARIOS DE LOS DEMÁS". CUALQUIER COMENTARIO CONSIDERADO COMO UN TROLL TAMBIÉN SERÁ BORRADO INMEDIATAMENTE.
POR LO DEMÁS, ¡ADELANTE! NOS ENCANTARÁ SABER TU OPINIÓN.