Extra crítica: 'Un profeta'


Mucho se ha divulgado, desde su presentación mundial en el pasado Festival de Cannes, la cierta semejanza de Un profeta (Un prophète), de Jacques Audiard, con esa obra maestra de Coppola que es El Padrino. Evidentemente, de alguna manera hay que vender un producto, aunque sea una película con pretensiones más artísticas que comerciales, y posicionarlo para buscar atraer a su público.

Pero las similitudes no van más allá de esa coincidencia temática sobre las mafias y la creación de un nuevo capo todopoderoso, incluyendo una relación (muy distinta al film de Coppola) de aprendizaje y transmisión (involuntaria) de conocimientos entre un viejo zorro (léase líder mafioso) y alumno llamado a sucederle (más o menos) en el trono, a tomar su trozo de pastel del mundo de la delincuencia y los negocios sucios. Y es que la película de Audiard no sólo es totalmente distinta en esta relación entre padre e hijo, (metafórica aquí, más cercana al de amo y siervo, y que se ampliará también a la de un “hermano”, compañero fiel, ampliando en este particular concepto de familia), sino que sus inquietudes y estilo se mueven por derroteros muy distintos.

Audiard toma sus dos principales referencias del género de mafias y del thriller carcelario, por un lado las del cine europeo (y más concretamente el francés, sobre todo con los clásicos de Bresson) con una voluntad y puesta en escena más cercana a lo intimista, sobrio y con tendencia al documental, o mostrando los hechos con frialdad y distanciamiento (caso de Gomorra, del italiano Matteo Garrone); y por otro lado los códigos del cine norteamericano de las últimas décadas, el de Coppola o De Palma, sustentados en el sentido más llamativo y brillante de la narrativa, de la concepción tradicional del cine-espectáculo hollywoodiense pero aplicado a su vertiente más arriesgada y artística. Audiard tiene en mente los dos (no en cambio la furia y virtuosismo, el sentido de lo visual y extremo del cine asiático), pero no para tomarlos como modelos para copiarlos o seguir sino para fundirlos en uno solo o, mejor dicho, reinventarlos. La vocación de autor de Audiard requiere, cómo es necesario en cualquier artista que se precie, crear o al menos intentar crear algo nuevo.


Y no le sale redonda la genialidad por los pelos. Se queda a un paso de la tremenda, apabullante obra maestra que Un profeta podría haber sido, aunque no por ello deja de ser una muy buena película, magistral por momentos. Y entendiendo por magistral que da lecciones de auténtico cine, de puesta en escena, planificación, montaje y tratamiento de personajes y guión. Audiard logra además el haber sabido mezclar estupendamente el drama íntimo de su protagonista, Malik El Djebena (Tahar Rahim, en una grandísima interpretación), con ese periplo exterior que implica a más personajes y a la función que finalmente desempeñará Djebena en la sociedad.

El realismo de las secuencias en la cárcel donde está encerrado o en la calle cuando obtenga permisos de salida diarios (la vida real) no impide insertar excelentes escenas de cariz onírico y surrealista (spoilers) con la presencia del fantasma del primer hombre asesinado por Malik, o spoiler la nocturna de unos ciervos en medio de la carretera, que posteriormente le sacarán de un buen apuro ante un peligroso gangster (fin spoilers), captando las complejidades de Malik (su mundo interior), su conciencia y el hecho de que esté de alguna manera predestinado (llamado) a cumplir con su destino.

Malik Djebena es un joven árabe de 19 años, sin familia ni más arraigos, que deberá pasar 6 en prisión por un delito que no conoceremos, pero que tampoco es relevante porque lo esencial es que su destino era acabar entre muros. El desamparado e introvertido Malik era (es) carne de presidio. Alguien que no sólo no importa a nadie sino que además es analfabeto. Tiene todas las de perder y poco puede durar un tipo como él en un lugar como la cárcel. No tardará en entrar en la escena de su vida los integrantes de una mafia corsa, la que controla el cotarro, intimida a los otros presos o se ha ganado el favor de los guardias corruptos. Dos grupos minoritarios, corsos y árabes, entre los que Malik deberá moverse, sin ser plenamente aceptado por ninguno de ellos, y en un periplo que poco a poco le hará darse cuenta de que él es realmente un elegido, un visionario, el profeta a que hace referencia el título, con sus reminiscencias espirituales o religiosas a Mahoma, profeta del Islam, remarcando que Malik El Djebena está “bendecido” por un don especial.


Hacía referencia antes a que la actuación de Tahar Rahim es enorme, transmitiendo tanto sus miedos y fantasmas interiores como su evolución y madurez en ese presidido que, dando al traste todos los manuales y objetivos de reinserción social, acabará convirtiéndose en su particular escuela graduándolo cum laude en maestro de los trapicheos y el crimen. Enseñanzas que aplicará enseguida que pueda en sus salidas al exterior del presidio. Su interpretación es sobria, pero también deja lugar para el subrayado (de Audiard) después de matar por segunda vez por medio de un primer plano de satisfacción de su rostro, porque ha conseguido vencer sus temores y nervios, en contraste con su tormento ante el encargo, obligado a vida o muerte, de tener que acabar con otro preso (en unas magníficas escenas) en la que será su primera víctima y el primer paso hacia un nuevo destino para el que ya no habrá marcha atrás.

Malik está retratado como un prototipo de hombre normal y corriente, un joven que no parecería que hubiera de destacar de entre los demás, casi bondadoso y angelical, procurando no recurrir a la violencia, y en contraste con la contundencia y brutalidad de las castas corsas e italianas (de las del Este no se hace referencia), y por supuesto muy alejado (como pretendía Audiard) de la imagen del mafioso psicópata y neurótico de, por ejemplo, un Tony Montana. Y si Tahar Rahim está perfecto su mentor, el actor Niels Arestrup, de nombre César y jefecillo del clan corso del lugar, brilla también a gran altura en su personaje secundario.

La lástima es que en este entresijo, todo lo que maquina o hace Malik fuera de la cárcel no está bien narrado. Resulta difícil saber o interesarse por lo que está urdiendo su protagonista, con acciones y sucesos que avanzan de golpe. Una descompensación entre las escenas del interior y las del exterior del presidio que es lo que, para mí, impide a Un profeta ser una incuestionable obra maestra. Pero, y volviendo a incidir en el tema de la necesidad de un buen final, la última escena (cómo ya señalaba mi compañero Jon cuando la vio en San Sebastián), sí que es una imagen memorable, certificando el status que ha logrado ya Malik El Djebena.





 

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