Crítica: 'El silencio de Lorna' - Paseo por la Europa menos idílica

El silencio de Lorna

Son los directores belgas con más prestigio internacional fuera de sus fronteras. Los hermanos Dardenne, Jean Pierre y Luc, siempre componen sus trabajos a cuatro manos. Dos personalidades que sin embargo parecen ser un mismo cerebro y corazón. Mimados por el festival de Cannes, que siempre acostumbra a seleccionar su más reciente película y de donde no suelen irse de vacío en el palmarés (tienen dos Palmas de oro en su haber). ‘El silencio de Lorna’ no fue una excepción, llevándose el premio al mejor guión en la edición de 2008. Así que el retraso en llegar a nuestras pantallas es también más que considerable.

Su mirada se dirige de nuevo a la vertiente menos idílica de Europa, la de personajes marginales cuya heroicidad es sencillamente la de seguir adelante día a día, con el trasfondo de varias problemáticas sociales, como la inmigración y las mafias en el caso de ‘El silencio de Lorna’.

Sus películas se basan en el casi absoluto protagonismo de un personaje central. Aquí es, al igual que en ‘Rosetta’, una mujer. Y el descubrimiento de los Dardenne es en esta ocasión la actriz de Kosovo Arta Dobroshi. En ella, en su caracterización de una chica albanesa que se codea con mafiosos para obtener la nacionalidad belga, dispuesta también a contraer luego otro matrimonio similar (con un inmigrante mafioso ruso) para obtener dinero rápido y fácil, recae prácticamente todo el peso dramático de la trama y la evolución de la narración. El rechazo que debe sentir por su marido por conveniencia, su ilusión por abrir un bar junto al hombre que realmente quiere (su novio ruso), el dolor de la pérdida, los remordimientos, las dudas… y Arta Dobroshi lo hace estupendamente. La película funciona sobre todo gracias a ella, lo que no es nada fácil porque no es que le dediquen demasiados enfáticos primeros planos para lucirse o para resaltar sus emociones.

El silencio de Lorna

Igualmente, la narración permite asistir con fluidez al periplo social y sentimental de su protagonista, sin banda sonora, con una cámara en movimiento y cercana a sus personajes (por primera vez han utilizado una cámara de 35 mm. En lugar Super 16 mm.) en busca del ansiado realismo, de entrar en este pedazo de la vida de alguien.

El secundario con más peso es Claudy Moreau, que está interpretado por uno de los actores fetiche de los hermanos Dardenne, el belga Jérémie Renier. Ya fue el protagonista de ‘La promesa’ (1996), que lanzaría a los Dardenne internacionalmente, o de la excelente ‘El niño’ (2005). Su personaje es del hombre que ha aceptado casarse con ella a cambio de dinero para que obtenga la nacionalidad. En realidad un desgraciado que no parece ni importar demasiado a su propia familia; un drogata para todos lo que le rodean, un individuo incapaz de hace daño a nadie y un pequeño obstáculo para que los gangsters de turno puedan seguir haciendo algo más de dinero si el asunto lo requiere.

Un marido de usar y tirar, al igual que su misma vida, excepto para Lorna, que de la frialdad inicial, procurando no mantener ataduras ni cariño alguno por él acabará de ser un simple “drogata” a ser Claudy Moreau, es decir, una persona con nombre y apellidos en lugar de una mera mercancía. Pero la historia no es de amor, de manera que cualquier atisbo de romance quedará zanjado rápidamente.

Lo menos convincente es su tramo final, aunque con ello sus autores dejan claro que no buscaban tanto darle un punto y final al relato de Lorna como el retrato de unos personajes y los dilemas morales y éticos que surgen, y pueden pasarnos a cualquiera, ante determinadas situaciones de esta lucha por el día a día y la supervivencia en la Europa de los menos favorecidos.





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